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Aventura en las islas del Paraná.
Un día de verano que hacía mucho pero mucho calor recibo un mensaje de texto de la naturaleza para ir urgente al río. Muchas tardes similares supe emprender camino hacia las orillas del Paraná a pasar la hora de la siesta que es cuando más aprieta el calor, pero esta vez sería distinto. Poniéndome la camisa sin mangas, un pantalón corto, las alpargatas y algunos accesorios como el cuchillo, las llaves de la casa y un billete para algún gasto; salí caminando lento, pensativo y aplacado por el tremendo calor del pavimento hasta llegar al donde frecuento, por donde están los remansos. El chapuzón fue casi automático pero antes -como en esa zona del río dicen que te chupa pa’ abajo- me coloqué dos botellas plásticas llenas de aire –cerradas obviamente- para flotar más, también puse los accesorios en otra más pequeña de pico grande; las alpargatas y la camisa echas un bollo dentro del pantalón. El río estaba bajo, muy bajo, así que pisé mucho barro hasta no hacer pié y poder hacer “la plancha” -acostado boca arriba- y dejarme llevar por la corriente. Sentimientos de paz y armonía, con el agua tibia invitándote a quedarte dentro buen rato. El río avanzaba y yo con él, no implicaba esfuerzo alguno, solo había que relajarse y sentir los nutrientes acariciar tu piel. Las primeras personas que encontré -ya que estaba relajado pero atenti- fueron las de la Prefectura. Estaban a la sombra de un sauce arriba del barco y dijeron amablemente que no estaba permitido nadar. Me mostré solidario y prometí salir en enseguida, pero no fue así. Sentía que esto recién empezaba y quería aprovechar la oportunidad que la naturaleza estaba ofreciendo. Me dejé llevar nomás por lo que sucediera. Eran las tres de la tarde y al igual que yo habían más personas sobre la costa y en botes que pasaban así que por precaución -cuando sentía venir algo- me iba pegadito a la orilla de enfrente. En ningún momento perdí la consciencia de lo que estaba haciendo y sabía que para poder disfrutar de la naturaleza hay que tener mucho cuidado, ya que no todos los días uno sale a flotar como si nada. La cuestión era que estaba empezando a entrar en trance con lo natural, entregado y confiado a lo que ella quisiera hacer conmigo. Un par de veces sentí que picoteaban las piernas algunos peces pero fue mínimo. El río me llevaba y lo que antes era una costa llena de yuyos verdes pasó a ser un poco más gris, el muelle y luego el club náutico con sus barquitos. Para protegerme del sol me puse un poco de barro en nariz y frente -esto ya lo había hecho un par de veces y sabía la efectividad- lo que descuidó la apariencia. Lo único que llevaba fuera del agua era la cara, iba como parado por debajo y también -por momentos- abrazando las piernas tipo bollito. ¿Cuanto tiempo puede permanecer un cuerpo flotando? ¿Llegaría hasta otra localidad como Ramallo ó San Pedro? –pensé. Pero después solo traté de disfrutar el presente y no ponerle presión, cuando tenga ganas de salir salgo y busco un camino por tierra para volver -me dije. Continuando con el recorrido, entré en las costas de un club -aparentemente privado- muy concurrido por sus socios. Pasé de ver las playadas públicas en donde se prohíbe meterse al agua a ver en este lugar que sí estaba permitido pero con una condición: ser socio. Tampoco era tan libre, unas boyas y una persona encargada –guardavida-. Piiiiiiii..... Piiiiiiii...... justo en el momento en que me ametrallan los peces el cuerpo, alcanzo a oír unos pitidos que desentonaban notablemente con el entorno. Los ignoré a pleno. Más pitidos y ahora una voz de advertencia! -se hizo difícil ignorar-. Lentamente saqué solo una mano fuera del agua para responder. La situación se fue poniendo un poco crítica, el muchacho que trataba de comunicarse estaba parado en cuero, desde la otra orilla y parecía estar un poco enojado. Se tuvo que acercar nadando con su torpedo rojo porque yo no le estaba dando mucha bola. No tuna ganas de darle explicaciones a nadie pero era evidente que algo se generaba al verme pasar, así que no tuve otra que escucharlo. llegó como un pez y se puso de pié mostró su cuerpo perfecto. Yo seguía recostado con la cara llena de barro agarrándome del fondo para no seguir avanzando. Me explicó que era muy peligroso y no estaba permitido nadar en esa zona, así que él podía ayudarme llevándome hasta la orilla del club para que luego salga caminando por la puerta. Sus palabras sonaron sabias pero algo no me convencía. Iba a tener que dejar el agua -que quería y necesitaba- y también fue notable como se aglomeraron los socios sobre la orilla y sinceramente sentí miedito, por primera vez y después de haber pasado cosas realmente peligrosas, sentí miedo. Miedo a esas personas, al canibalismo del diferente que muchas veces se hace notar en la sociedad, así que la respuesta estaba más que a la vista, prefería fallecer en el río y las islas que entre esas personas. Entonces lo ignoré y seguí el rumbo que traía. Esta decisión hizo que Rambo se pusiera un poco nervioso y tratara de forcejear para que saliera del agua, le ofrecí resistencia y me alejé rápidamente. Al ver que no pudo sacarme dijo que llamaría a la Prefectura, a lo que respondí que me parecía bien... también se sumaron dos pibes en kayak y tabla de windsurf como de extras. Seguí nadando pero era evidente que la paz y armonía que traía se había esfumado y fue reemplazada por ácida adrenalina. En cuanto pude pisé la costa de enfrente y me escabullí por entre los camalotes. Caminé unos metros pisando puro barro y aguas sucias para poder llegar hasta otro brazo del río, éste mucho más playo así que en parte tuve que caminar dando pasos largos y firmes. Una de las cosas que perdí en aquel momento fue el sentido peligro y en uno de los pasos me clavé algo con punta debajo del dedo gordo del pié derecho. Dándome mucho, pero mucho dolor pero como casi no sangraba pude llegar hasta un lugar con sombra para echarme a dormir un rato. Al despertar vi. que el pié se me había hinchado mucho y el dolor aumentaba al ponerme de pié. Como pude llegué hasta a la orilla y miré la foto panorámica que ofrecía el lugar. ¡OH sorpresa! El gran barco de la Prefectura parecía estar buscando algún fugitivo. Me sentí nominado. Como estaban a bastante distancia decidí abandonar ese lugar y la mejor manera que tuve de avanzar fui gateando por la huella de las vaquitas, alejándome y pensando en que a la noche podría cruzar sin que me vieran. En el cielo, después de tanto calor, había una gran cantidad de nubes oscuras y podía sentir la fresca brisa anticipando la tormenta. Ya estaba anocheciendo y al llegar al punto justo para tirarme pude ver partir al barco. El agua aún estaba caliente, las gotas empezaron a caer y por la falta de profundidad del río fui tocando el fondo con rodillas y manos todo el tiempo. Toqué a un par de peces sorprendidos que aleteaban y huían. Una vez que puse el cuerpo en movimiento no sentí ni calor ni frío y llegué a otra isla, o sea, la primera que pisé y allí -guiado por el reflejo de las luces de la ciudad sobre las nubes- empecé a trotar casi sin pisar con el pié derecho, en medio de la noche, el viento, la lluvia y los relámpagos. La vuelta se hizo rápida, será porque estaba entretenido o medio asustado. Entonces pude llegar a la orilla que finalmente diría: no más agua por hoy hijo mío. Tiré las botellas grandes y saqué las llaves y cosas de la pequeña, me puse la camisa y las alpargatas para continuar con el trote rengo por la ciudad, todo mojado y con semejante vivencia. Usé los pesos que llevaba para tomarme un jugo -estaba con mucha sed- luego llegué a casa, me dí un buen duchazo y comí algo. Después de limpiar la herida me dediqué a descansar durante los quince días siguientes, haciendo también reflexiones sobre lo vivido y creyendo cada vez más en la vida que he elegido, apostando a los sueños y a la libertad. El poeta Pedro Adrián Irrazábal, un talentoso lugareño forjado por el río Paraná y sus islas, lo refleja en su poesía. Te confieso, río. Aquí estoy, río, con la luna en la costa, asomando a mis espaldas; y este trozo de vida que aún queda, amarrado de por siempre a tu rivera. Hoy quiero confesarte esto que siento. Lo que hace tiempo me guardo en mis entrañas. Del vino amargo que no siempre ahoga la pena; de los relatos de alegría, que aún me quedan, que se endulzan en panal de lechiguanas. Aquí estoy, de pie en la costa, en la barranca; con mis soles de enero y otras tantas heladas en la espalda. Hoy quiero confesarte lo que siento, hoy quiero confesarte y me avergüenzo. Con una niebla sobre en mis retinas, que un antiguo cansancio más que arisco, se me quiere ganar entre los huesos. Son los últimos tirones que le quedan a este viejo dorado… quién diría… Me fui gestando en sudestadas y crecidas, destino isleño que he elegido como vida. Aquí estoy, esperándolo al ocaso. Cuando la boca del tiempo venga, mascando mi muerte, allí estarás vos, mi río… y un puñado de zorzales despidiendo al amigo. Así me iré en ese día, mezcla de barro y arena, como agua embravecida. Mi alma buscará un cielo de primavera; pero los huesos, mi río, yo te lo puedo jurar, quedarán por siempre en tu rivera. |
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